Chau pa…

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Ésta será una “nota viva” como quedará su recuerdo. Le iré sumando anécdotas a medida que aparezcan en mi memoria y me cuenten quienes lo conocieron durante sus 40 años vinculado al comercio.


 

El miércoles se fue. Entre lo previsible y el sacudón de lo inesperado. Sí, aunque parezca contradictorio. Su actitud ante la vida en los últimos 3 años hacía suponerlo. Pero cuando el hecho ocurre, no podés creerlo.

Papá tenía un fervor desmedido por el trabajo y un terror del mismo grado a los médicos. Por eso nunca quiso tratarse por una pavada que terminó, como no podía ser de otro modo, complicándose hasta el inevitable final.

De ahí, la bronca mezclada con el dolor de la pérdida. Porque no fue la vida que lo castigó con ninguna enfermedad maldita ni con un accidente fatal. No fue por fumar, ni beber, ni comer lo que no debía. Fue por su decisión casi “mormona” (aunque no profesaba ningún culto) de no sacarse sangre ni para un análisis de rutina. ¿Sería omnipotencia, no admitir que a cierta edad el cuerpo ya no es el de los 30, o simplemente ese pánico a pisar un consultorio?. Ya no lo sabré.

Me costó entender, pero lo hice con el tiempo, que cada uno es dueño de su propia vida, y que cuando son adultos con pleno uso de su conciencia, aunque sean nuestros padres, ellos son responsables de su salud y las consecuencias de su no cuidado.

Sé que no es éste el espacio para seguir analizando tal cuestión. Los recuerdos familiares también quedan en la intimidad.

Acá vale lo que hace tiempo tenía en borrador y varios me pedían: una nota contando anécdotas como uno de los mayores personajes comerciales de Morse.

 

Frenético, servicial y ocurrente hasta para vender una cebolla. Mi papá fue de los mejores ejemplos de marketing “intuitivo” que conocí.

Aprendió el oficio desde sus genes, ya que mis abuelos (inmigrantes de Siria) tuvieron uno de esos tantos almacenes “turcos” que nombré en la saga de “Sherazade en Junín”.

En el ’35 se mudaron a Morse, al barrio del bajo. Donde hoy existe una capillita evangélica, tuvieron un humilde bolichito con paredes de barro. Ahí nació mi papá, con la misma partera del pueblo que también trajo al mundo a Alejandro Dolina (para el que no lo sabe: su madre vivía en Baigorrita y tuvo que ir a Morse para dar a luz).

De adolescente (mi padre, no Dolina) se mudó a Junín y entró como cadete en Yaryour y Bernué, un mayorista de frutas y verduras que estaba sobre Gral. Paz y 25 de mayo en los años 50. Era cuando los repartos se hacían en jardinera a caballo o camioncitos de post guerra y Geminiano Bazzani les compraba como cualquier “cliente de vecino” antes de tener el éxito en sus propios zapatos… Mirá si hace años…

De hecho mi papá se acordaba de ese detalle como de las épocas de Mingorance con su cartel saliente de hormigón con un sombrero en la punta…

Conocía los comienzos de la mayoría de los negocios por los cuales yo le preguntaba. En las últimas notas sobre los turcos que mencioné, hay mucho de su inagotable memoria.

Por esos días peronistas (era agradecido por Evita y la primera pelota que le regaló), también estudiaba dibujo publicitario en la Escuela N°1. Cursaba por las noches y se iba caminando por Sáenz Peña para ver la célebre muñequito relojero de Joyería Lanfranco que, según me enteré, tenía como un poder hipnótico con chicos y grandes.

reloj joyería lanfranco(foto del sitio de Facebook “Si sos de Junín no podés olvidarte de…”)

Es más, hace un par de años, pasó por el portón de madera pegado a Tío Lucas para preguntar si aún existía y lo volvió a ver. ¡Para qué!. Me insistía para que yo también fuera a conocer la reliquia. A mí no me daba entrar a La Mosca Loca y decirle a Bochita: “Vengo a que me muestre el muñequito que se hamaca en el péndulo”… (Grandulona, sacate un pasaje a Londres y hacete una selfie con palito en el Big Ben…).

Acá comparto algunos de sus dibujos a la témpera que hacía mi viejo en sus clases. También pintaba cuadros al óleo para la familia.

dibujo-publicitario


De vuelta en Morse (años 60), fue empleado de unos de los 2 grandes almacenes de ramos generales del pueblo: Goyena Grigera y CIA (el otro era Casa Fernández).

Cuando yo nací (‘74) se hizo cargo del almacén de su madre viuda (ya del otro lado del pueblo) y fue distribuidor de las míticas bodegas Rojo Trapal “El vino sol”…

Tras el mostrador de “Doña Sofía” (que la gente rebautizó “lo del turco Salomón”…) trabajó junto a mi madre hasta el ’93.

Era (aún está en pie) una ochava de doble puerta, más cerca de una pulpería que de un supermercado…

ochava-negocio

Lamentablemente, no tengo ninguna foto de esa época, pero las estanterías se veían muuuy parecidas a éstas sacadas de la web.

estanterias

 

En un salón de 6 x 6 había de tooooodo. Desde lechuga y tomate, a paltas, alcauciles, cerezas o ananá. Desde yerba, analgésicos o naipes, a barritas de azufre, azúcar en terrones y lo que se vendía suelto: desde alpiste hasta la grasa para las tortas fritas del domingo.

Decenas de marcas que persisten en varios sitios de internet que hoy se dicen “vintage”.

El shampoo Agree o el Swing o Valet en sachecitos, la savia Inecto, los desodorantes en barra Polyana, el talco Feculax en bolsa de papel, los jabones Rexina (antes de Rexona) y el Federal para la ropa, las bombachitas de goma Pizpireta, los fósforos y las velas Ranchera, los rollos de Virulana y el Puloil, la pomada Cobra, la maquinita de Flit, las pilas Varta y los probadores Eveready (con esos pilotes enormes para las radios), los cigarrillos Particulares o Saratoga, el aceite de vidrio La Patrona, el dulce de leche Gándara o ArgenLac, los yogures Yoplait o Casanto, la Teem, la Gini y la Crush, las latas de bizcochos Arca o Terrabusi, los postrecitos Sandy de La Vascongada o el Royal en polvo, el Toddy y la Zucoa, los chupetines y alfajores Tatín, los chocolatines de Arcor, los globos Bombucha

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Y algunas cosas que sólo entenderán los morseños, como los sifones de Tito Pazzotti o Doña Enelfi.

Papá acomodaba las latas de galletitas muy prolijamente adelante del mostrador, y cuando le pedían las de abajo, por 20 gramos desarmaba toda la torre sin ningún problema.

Eran las latas con ventana que los chicos del barrio usábamos como cascos para defendernos del “bombardero X” arriba de una planta de nuez silvestre. (¡Qué tiempos! ¡Qué tremendo disfrute por el juego artesanal!).

Cómo olvidar la “variedad” de Terrabusi con sus anillitos de choco y frutilla, las obleas “Frívolas” y esas galletitas con forma de animalitos y enormes confites de colores que eran un cascote. Y por supuesto, las vainillas de “La Delicia de Junín”, que me contó mi papá, tenía un viajante holandés que en el Mundial ’78 no sabía para quién hinchar…

(Hasta de esas cosas se acordaba…).

La-Delicia-de-Junin

Me crié entre marcas y productos “históricos”. Las bolsas de naranjas Pindapoy, los botellones de Mocoretá, el Naranjú en sachet y otros jugos empalagosos que venían en una esfera plástica que los chicos usaban de pelota. También las damajuanas de Don Albino y Don Elio de un depósito que estaba en el hoy Minisúper de Álvarez Rodríguez. Me acuerdo que me gustaba acompañarlo para pasar por la casita de Tucumán de la plaza 9 de julio.

Y ya que me metí en la lista, no puedo obviar la Coca Cola de Azpelicueta y la Pepsi de Monti, los fiambres de Bonópera, los snacks de “La Cholita”, las golosinas de Nanni o Casa Bontempi de Los Toldos.

Y todo lo que le “testeábamos” con mi hermana cada vez que abría una caja dulce: gallinitas, mielcitas, puflitos (¿te acordás esos chizitos de colores bien artificiales?), alfajores Tatín, chupetines Misky de Coca, bocaditos Suchard y hasta los quesitos Adler. Un día (yo era muuuuy chiquiiiita) le robé unos tentadores “bomboncitos” envueltos en papel plateado y cuando le di el mordisco, flor de chasco: eran calditos Knorr!!!. Eso nos pasaba por golosas. Ah, justo. En la última etapa papá llevaba todas las novedades del Golokiosco de calle Rivadavia.

Hablando de kioscos, en una nota donde destaqué a Homero Dolce, un chico me dijo que nada se compara con aquella yapa que daba mi papá… Ese es el mejor ejemplo de lo que provoca una buena atención al cliente en el vínculo con la marca.

 

“Marketing para chicos”…

Papá siempre traía las últimas novedades: los álbumes de figuritas y los vasos de colección eran un clásico.

Los niños (yo a la cabeza) lo esperaban en el banco de la ochava. Les prometía traer de Junín eso tan ansiado justo cuando salían de la escuela.

Cuando llegaba, estacionaba de culata ante la alegría de los que iban por su premio del álbum, las bolitas multicolores o las payanas de Mármoles Dani.

En ese marco, no era casual que la break 18 de aquella etapa haya sido “rojo fiesta”. 

Renault-18-break-roja

(A fines de los 80 tenía exactamente este modelo)

Yo, sin saberlo, le hacía algunas “intervenciones marketineras” para el mercado infantil. Ej: con mis amigas le usábamos los cajones de frutas para armar casitas en la vereda, que para nosotras era el Barbie Store. Seguro que de ahí viene la creatividad. ¡Qué lindo era inventar con lo que había!.

Exhibía la mercadería casi como en un teatro… Se sabía todos los trucos para que comprar ciertos comestibles resultara una tentación. Un día me pidió tizas de colores de las que me veía llevar a la escuela. Fui a espiar para qué las usaría. Le estaba pintando “ojitos” a los cocos!!!. Ah, y siempre encontraba una papa con alguna forma de muñeco para mostrarle a los más peques.

coco-ojitos(foto meramente ilustrativa…)

 

 

El cliente más que primero…

 

Si los clientes le pedían algo que no tenía, papá armaba viaje en el día a conseguirlo donde sea: el Supercoop, El Cañón, El Viejo Almacén

Empezó en una Dodge bicolor, tuvo Estanciera, una F100, Chevrolet Silverado y Ford Ranger. En el medio, varios Renault 18 que le compró a Remy. En autos, era fiel a esa marca por las cosas “inexplicables” del marketing, aunque él era extremadamente racional.

Hablando de autos, un día compró la rifa de la Ferrari de Menem!. Lástima que hace poco se la hice buscar y ya la había tirado (milagro, porque guardaba hasta lo insospechado…).

A propósito: decía que Fangio era el deportista del siglo y no Maradona, al que detestaba. No le gustaba el fútbol y sí el boxeo. Mil veces me contó que Firpo sacó del ring de una trompada a Dempsey y que el “toro salvaje de las pampas” nació en Junín! (a todo el mundo le decía que pase a ver la placa en la casa de Covini sobre Lavalle).

Era un tipo raro. No miraba tele salvo que hubiera algún programa o especial de tango. Igual nos compró el Philco Nec 20” en Plenkovich, uno  de los primeros TV color de Morse.

Invitaba a los clientes para ver las primeras señales en color de ATC. Y hasta puso sillas en fila cuando en abril del ’81 transmitió la última carrera de la F1 en Argentina y la última de Reutemann.

¡Supremo marketing de experiencias plasmado en la cara de aquellos hombres!.

TV-Philco-retro

En el ’83 llegó Entel a Morse y también Doña Sofía tuvo uno de los primeros teléfonos del pueblo. Eran esos mastodontes grises a disco.

Otro servicio adicional para el completo almacén (aún no había ni cabinas públicas). Llamaban para los vecinos del barrio y con mi hermana nos cruzábamos corriendo a avisarles.

“Doña Sofía” sólo cerraba el domingo por la tarde. Una forma de decir, porque si alguien necesitaba algo de urgencia para las visitas, tocaba la puerta del costado donde estaba la casa. Literalmente vivíamos entre las cajas de “La Regional del Norte” y los cajones de Uesbi o Ramón García….

Se laburaba todo. Y mi mamá siempre a la par. No sé ni cómo hacía (ahora le dicen “multitasking”). Atendía a la gente, nos preparaba para la escuela sin que nos falte detalle, y de noche hasta bordaba lentejuelas para que mi hermana brillara en los inolvidables festivales de Silvana Vattier en el Teatro Italiano.

 

¿Anécdotas de mostrador?

Miles.

El nene que quería canjearle golosinas con las cajitas de fósforos que le robaba a la madre.

Otro que un día vio a su maestra con un lápiz muy chiquito y le dijo: “Seño, ese parece el lápiz del turco Salomón!” (con el que mi papá anotaba los fiados. “Anótelo en un rinconcito”, decía María…).

El señor mayor que aún en los ’90 le seguía preguntando: “¿No tenés una Bidú?”

El viejito que robaba cabezas de ajo y un día en el apuro del manotazo le quedó una plantita de perejil colgando del bolsillo y aún así mi papá no le decía nada.

 

En fin…

Ese fue mi viejo. Un tipo sacrificado e híper positivo (jamás se quejó por una crisis).

Preocupado porque a mi hermana y a mí no nos falte nada. A ella la trajo a baile durante años. A mí me llevó y me fue a buscar durante los 8 que trabajé en La Pequeña Familia.

A su manera, siempre pensando en nosotras desde lo más chiquito a lo más grande. Desde que tomes agua sin arsénico a que tengas tu propia casa.

Un gesto que yo apreciaba especialmente…  En las populares cenas que se hacían en los ’80 por el Día del Almacenero en Comercio e Industria, siempre esperaba el postre helado extra que él me pasaba. Es que no comía nada frío para cuidar su garganta. (¿?). En un momento llegué a pensar que era hija de Enrico Caruso… No, él “apenas” era fanático de Gardel. Vivía cantando tangos y se acordaba toooodas las letras que te recitaba ante cualquier situación que encajara.

También hablaba árabe y lunfardo y tenía varias palabras comunes pero que eran grandes lecciones prácticas. Ej: “Simplifiquen”. Cosa que yo no pude hacer ni siquiera en este homenaje…

Bueno… Éramos muy distintos, al punto de innumerables conflictos y discusiones.

Lo cierto es que ya se siente su ausencia. La que el “eligió”. No hay a quién culpar ni nada que podríamos haber cambiado.

Siempre recurro a una frase de mi abuelo materno. Cuando le decían: “Vio Don Constantino?. Así es la cosa”, él sabiamente respondía: “No, así la hacemos…”.

Chau pa. Otra vez ganaste por porfiado…

 


 

Eduardo E. Rezk

1938 – 2015


29/4/15:

Me imaginé que pasaría esto. En una semana me llegaron decenas de mensajes y anécdotas sobre mi papá. Algunas muy divertidas y otras tan sentidas que, como él decía, te hacen piantar un lagrimón…

-Aparte del tango, muchos destacan su “otra música”. No sé de dónde había sacado la habilidad de tocar las castañuelas. Decía que era un gen gallego infiltrado en su cultura árabe… Lo más curioso es que punteaba un pasodoble con un par de costillas de asado!!!. Y con ambas manos. Cuando se juntaba un pequeño “auditorio” en el negocio, y antes de atender, sorprendía con su “gracioso” talento. Es que hasta daba risa e incredulidad que se pudiera generar ritmo con tan bizarros instrumentos!. De esas cosas que lamentás no haber filmado… Hablando de cámaras, me acuerdo que años después, algunos le decían que fuera a “30 segundos de fama” de Tinelli…

-Un chico del campo (hoy gerente local de una importante empresa nacional) le llevaba huevos de su granja para vender.  Mi viejo le decía: “Rubio, vos elegime los marrones y los más grandes que te los pago más”. Y también le compraba lechuga morada, repollos, morrones y otras frescuras rebosantes de su huerta (lo que hoy sería el codiciado “orgánico”) . Me enterneció que el gerente recuerde hoy que con eso hasta se pagaba la nafta del Jeep para ir al colegio.

-Otro joven, también del campo, guarda en su memoria cuando papá le regaló un afiche para pegar tapitas de Coca Cola. Seguro era el de Maradona ’82 con el mapamundi que yo aún conservo!.

-Un señor de enfrente recuerda que cada vez que cambiaba la camioneta, papá le llevaba el número de patente para que lo jugara a la quiniela.

-Una joven ex vecina me contó que cuando nació su hermano, mi papá fue corriendo a avisarle a su abuela que había nacido el nieto varón. Se abrazaron en la vereda y saltaban los dos de alegría. Esa es la empatía que los expertos en marketing de hoy apuntan como imprescindible en el vínculo con el cliente (en pos de su lealtad). Él era el típico almacenero “Don José” que sabía sobre tu vida, te contaba cosas de tu infancia y hasta te reconstruía el árbol genealógico…

Batallador, disciplinado, correcto, responsable, un hombre de bien que incentivaba la cultura del trabajo. Positivo, buen consejero para los jóvenes y siempre con un chiste espontáneo para los niños. El “turco Salomón” fue un verdadero “personaje” del pueblo.

La gratitud de quienes lo conocieron, se resume en una frase a lo “Piero”: fue un gran tipo tu viejo…

 

 

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