Ricky Martin y cómo se construye una marca poderosa…

 

 

A esta altura creo que no fue casual. El que le puso la voz a aquel Hércules (no el de la foto sino el de Disney…) hoy tiene uno de los shows más potentes del pop mundial.

Ricky Martin ya se convirtió en una especie de superhéroe o semidios para un público que lo adora pero no precisamente por su fuerza bruta. Su mayor hazaña es haber llegado hasta este fabuloso presente después de 36 años de trabajo pasional pero a conciencia en pos de un objetivo. (Y sin necesidad de garrotear ni a Luis Miguel…).

El finde pasado, tuve la oportunidad de verlo de nuevo en vivo. Fue en el Movistar Arena de Villa Crespo, un estadio flamante en la cancha de Atlanta al mega estilo americano. A propósito. Al igual que JLo y Shakira en el Super Bowl, lo que es capaz de hacer este Hércules boricua representa, sin dudas, lo mejor del top 5 latino.

¿Y qué hace acá en mi blog?. ¿Es marketing?. Claro. Como lo definió Página 12, se trata de una perfecta maquinaria pop. Para algunos quizás suene impostado o algo despectivo. Para mí, todo lo contrario. Lograr un producto de calidad superior, con una identidad bien marcada y con una imbatible estrategia comercial, es para ovacionar de pie!.

De un caso así se puede aprender muchísimo, no sólo en lo musical. O sea, la lección sirve para todos los rubros y todos los tamaños de proyectos.

Si estuviste en Capital (o en Córdoba), revivilo mientras te apuntás los tips. Si te lo perdiste, acá te vas a enterar lo que no salió en la tele y por qué, a mi criterio, ameritó  esta «nota escuela» para los que sueñan con el Olimpo…

 

 

 

«El rey Midas trabaja conmigo», dice Ricky en “Asignatura pendiente” (que dicho sea de paso, no estuvo en el repertorio). Pero ni falta que le hace. Ya nació bendecido hasta por la genética. Y eso ya es arrancar ganando.

No exagero si, como el 99,99% de los mortales, afirmo que Ricky es perfecto, empezando por su estética. No podemos ser hipócritas y decir que «no importa». Su baby face (aún a los 48, con o sin barba), su altura, sus músculos, sus tatuajes, su carisma, su parada escénica y su particular sex appeal para enamorar a todos los géneros… Denunciame al INADI, pero insisto: ese combo es un plus innegable comparado con otros exitosos como pueden ser Cristian Castro, Bisbal o Chayanne. (A Maluma ni lo nombro porque me parece un machirulo re banana, pero esto y es fuera de todo análisis profesional…).

Lo que ofrece Ricky sobre tablas es impactante, por momentos apabullante. Ni hablar si le sumás a 10 mil mujeres (más del 90 % del público) de al menos dos generaciones gritando cual indias taínas ante la invasión del pirata Drake. Igual, todo muy tranqui, antes, durante y después del rito divino. Impecable organización la del Arena (al margen del conflicto barrial por su irregular construcción que es otro tema).

¿Y qué tuvo el show?. Desde lo más sofisticado como unas estructuras móviles con luces que en la intro parecían ovnis aterrizando en la estación “fantasma” del viaducto San Martín, hasta las clásicas (que no fallan) explosiones de humo y papelitos plateados. Además de plataformas, pasarelas, escaleras, cinta transportadora y, obviamente, pantallas led exprimiendo al máximo la interacción visual en sus distintas alturas (mostrando desde los feat. con Residente y Bad Bunny hasta la intimidad de Ricky en un hotel de Las Vegas).

En lo netamente musical, una banda en vivo pero con mucho coro y base pregrabada, que obvio, le da más aire (literal) para cantar y moverse como si aún estuviera en Menudo… O sea, claro que lo escuchás a Ricky, pero si se quedara sin voz casi que ni te darías cuenta…

En cuanto al «Movimiento tour», unas coreografías temáticas con tremendos bailarines (4 y 4) en todos los ritmos. Hasta hicieron una performance con bombos criollos y boleadoras con el sello Malevo. Esa y la de los plumeros gigantes de María, fueron las más efectivas.

¿Hércules o Dios?. Ricky se eleva ante un público poseído…

 

Y acá viene mi parte preferida: EL VESTUARIO.

Conté más de 8 outfits para 1 hora y media de show. Estilos súper acertados y coherentes. Pantalones de lurex con musculosas glitter (en negro, bordó o dorado), camisa de cuero y borcegos. Smoking con moñito y saco lamé o traje con saco 7/8 con zapatos charolados. Chaleco sobre la piel, ya sea sastrero (tipo bailador flamenco) o puffer (sport) con pantalón jogger y zapatillas para los ritmos más urbanos.

La ropa no es un accesorio, y mucho menos opcional. Es imprescindible, incluso para separar los climas emotivos del show. Ricky lo sabe y lo maneja de modo contundente.

 

Estuvieron casi todos los hits de 30 años: “La bomba”, “Livin’ la vida loca”, “She Bangs”, “María”, ”Pégate”, “La mordidita”, “La copa de la vida” y “Vente pa’ cá”, entre los bailables. Y en medio de tanta adrenalina, los románticos como “A medio vivir”, “Fuego contra fuego”, “Te extraño, te olvido, te amo”, «vuelve» y “Tu recuerdo”. En ese momento de los lentos, íntimo, tipo acústico con apenas una banqueta y un saxo como compañía, él tenía musculosa con brillos y pantalón engamado onda rugged dejando ver sus pies descalzos. Más clara no la puede tener…

La ropa comunica, y Ricky lo sabe como nadie…

 

Tanto protagonismo le da al vestuario, que cuando un tema salsero amerita que todos estén de blanco, todos están de blanco. Y «todos» es hasta los músicos que salen por bambalinas para cambiarse. Chapeau!.

¿Qué más agregar?. Ricky explota la emoción,la adrenalina y una sensualidad bien dosificada. Juega entre lo hot y ambiguo pero jamás se pasa hacia lo vulgar o cursi del manual reggaetonero.

Cada paso de Ricky está milimétricamente marcado, pero a la vez sus gestos son espontáneos y 100% auténticos. Justamente eso es lo que deja ver, más allá de la «maquinaria pop», a la persona luminosa que, la mayoría coincide, sostiene la madurez de su carrera.

 

 

Después de esto, apagame el Winco…

 

Fuera de broma… Después de semejante nivel de show, te juro que me costó volver a la “realidad” de ver al pasar a nuestros artistas vernáculos por la tele. Es más, tuve que cambiar de canal cuando apareció Jorge Rojas en el Festival de la Manzana… Y tomo este ejemplo, entre tantísimos, porque le tocó justo en mi zapping previo a esta nota (pobre muchacho…).

Jorge Rojas es un «curso express» de lo que no hay que hacer, o de lo que jamás haría un profesional como Ricky Martin. Básicamente, “dormirse en los laureles” y ser más predecible y repetido que la Chiqui Legrand haciendo el playback de Pimpinela…

 

Jorge Rojas se abrió de Los Nocheros en pleno éxito para triunfar (al menos el primer año) como solista. De ahí en más, puso el piloto automático rumbo al descenso (y lo digo porque seguí la involución de su carrera). Hoy hasta lo pasa por encima su hermano Lucio «el Indio» que era su corista… Me refiero a la puesta general de luces, coreos y vestuario.

Jorge Rojas jamás se viste para la ocasión. O sea, no usa un look artístico sino que parece que va a cenar a la casa de los suegros. Años y años con un jean, una remera o camisa negra y una campera de cuero. Formal, serio, estructurado, totalmente contrario al mensaje sobre el Chaco salteño, los carnavales jujeños y hasta la celebración a la vida que pretende evocar.

En ese festival que comenté al principio, estaba de negro con una camisa abierta marrón. Obvio que no tiene asesor de imagen, o el que tiene nunca escuchó sobre la psicología del color. Marrón (al menos ese y así combinado) es austeridad y pobreza, por algo lo usan los franciscanos. A propósito, y como dice la gran Nacha Guevara, en el escenario el hábito hace al monje.

Quien me leyó en notas de este tipo sabe lo que pienso, por ejemplo, sobre los folkloristas con jeans y zapatillas o con traje de vestir. Lo mismo que de un rocker con poncho pampa o bombacha Cardón.

Todo mensaje requiere coherencia. Cierta letra se asocia a cierto packaging. ¿O acaso te imaginás un tenor en plena ópera con una chomba La Martina?. Bueno, eso. No es tan difícil usar el sentido común.

 

El año pasado fui lapidaria con el que ganó (le hicieron ganar) el Pre Cosquín con jean y celular en el bolsillo. El pibe no tenía la culpa, pero sí el padre que lo expuso arreglando groseramente el resultado y la madre (tía, hermana, vecina) que no lo asesoró ni para vestirse a media altura. Porque alguien lo tiene que decir. Subir a un escenario nacional con la ropa con la que se sale a tomar una birra es un sacrilegio. Y no depende de la billetera sino de la intención. Podés contratar a la modista más barata del barrio, pero el escenario no es el garaje del ensayo ni el asado con los amigos en el quincho.

Basta con mirar cualquier obra de teatro para darse cuenta el valor que tiene el atuendo para completar el mensaje. A ningún actor profesional se le ocurriría hacer Hamlet con un vestuario de Harry Potter. El que diga que en música es distinto, que no importa qué se ponen y bla bla bla, es porque no entiende de espectáculo comercial, o, como en el caso de Charo Bogarín (jurado de Pre Cosquín) tiene que mentir y contradecir sus principios para disimular un tongo en virtud de sus propios intereses.

Por si fuera poco, Jorge Rojas ya ni se esmera en poner una buena escenografía o un cuerpo de baile. Y para colmo, su actitud corporal no colabora… Canta tipo “trámite”, caminando de acá para allá. Me pone nerviosa!. El escenario se recorre bailando, interpretando, vibrando, pero no cual técnico en prueba de sonido chequeando los retornos.

Ahora pluralizo porque el defecto de caminar «sin ton ni son» (o quedarse plantado) es un clásico de muchos. Les diría con onda: pisen con autoridad el escenario y háganse cargo de lo que pasa emocionalmente con la letra. ¿No les sale?. Bueno, deberían intentarlo. Para algo eligieron ser artistas!. Si no se hubieran quedado componiendo para otros o grabando jingles.

El mundo se complejizó en todo sentido. La competencia es exponencialmente más amplia de lo que era hace 10 a 20 años. Lo que funcionaba en el 2000 hoy se pierde sin pena ni gloria en el montón de los híbridos. Y muchos parecen no haberse enterado. Lástima da ya ver los festivales de verano, con los mismos de siempre haciendo siempre lo mismo. Cero sorpresa, cero producción y respeto por el público. Porque sí, si el público está viendo, no sólo escuchando, merece como mínimo un cuidado estético y un esmero creativo.

 

CONCLUSIÓN:

Ricky Martin es un caso para el estudio. Todos los cantantes que pretendan ser ARTISTAS deberían pegarle una mordidita-miradita al Movimiento Tour. No para copiar, claro está, sino para eliminar prejuicios y excusas a la hora de montar un espectáculo. Si Ricky lo hace a este nivel, y aunque parezca Hércules, significa que es terrenal y absolutamente posible. Entonces, más allá del lugar, la época y el presupuesto, sugiero tomarlo como inspiración para innovar y pensar siempre en cómo evolucionar del hecho comercial a una experiencia memorable para el consumidor.

 


 

Fotos: agencia EFE, Perfil, ciudad Magazine y otros de la web. (Yo sólo filmé un mix desde la platea alta. Me dediqué a disfrutar en vivo la inigualable experiencia).

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>